Ars Moriendi

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Transhumanismo de la senescencia

A todos nos asusta morir. Algunos pueden apoyarse en sus creencias, otros en lo evidente de que más tarde o temprano nos toca a cada uno, pero la certeza de que no tenemos absolutamente ni idea de cómo o cuándo terminaremos en el nicho nos ronda desde niños. No sabemos, salvo excepciones, cuanto vamos a durar pero sí queremos que esto se alargue, siempre nos sabe a poco. Es uno de tantos problemas de tener noción sobre la muerte, saber que lo que empieza debe de acabar. Y es lo natural.

Sin embargo, algunas aportaciones del transhumanismo se han centrado precisamente en lo contrario; en volvernos, si no inmortales, más longevos. Esto está bien, siempre y cuando haya espacio para todos. Está bien si es una opción que nos puede beneficiar como especie y que no tendrá consecuencias. En definitiva, está bien si fuera viable tal y como se plantea, pues probablemente ya hayamos alcanzado nuestro span de años vitales de forma natural rondando el siglo de vida si todo sale bien. Es innegable que hemos mejorado nuestra calidad de vida y que, pese a las apariencias, este sea un mundo mejor que el que heradaran nuestros abuelos o nuestros padres. Una mejor nutrición, los avances médicos y la adquisición de derechos sociales son algunos de esos culpables que han dado lugar a que doblemos cada vez con mayor frecuencia la esperanza de vida, también con una mejor calidad retrasando la senescencia. Es innegable el papel que ha jugado la pleiotropía antagónica en nuestra historia evolutiva, pero no me meteré en estos temas. Sin embargo, parece que no nos es suficiente, queremos más y a través de algunas áreas en investigación biomédica estamos a punto (10, 15, 20,…años) de decirle adiós a la parca. Menos si te cae un piano de cola mientras vas a hacer la compra, claro.

Las investigaciones biomédicas que tienen ese propósito, el de retrasar el proceso de envejecimiento para poder alargar la vida humana más allá de los cauces naturales, se han centrado principalmente en cuatro áreas. Por un lado tenemos aquellas herramientas centradas en la reducción a la exposición de nuestro organismo frente al estrés oxidativo y a la limitación de la ingesta calórica; por otro lado también se han centrado en el aumento de la coenzima nicotinomida adenina dinucleótido (NAD+), implicada en las reacciones oxidativas, mostrando algunos resultados esperanzadores como la reversión de la degeneración muscular asociada al envejecimiento y un aumento de hasta el 30% de la longevidad en ratones de laboratorio; también tenemos terapias que están basadas en el uso de la nanotecnología y que emplean nanorobots intracelulares para poder reparar los daños que están asociados al proceso de envejecimiento no saludable como las formaciones tumorales o placas amiloideas, y que en humanos supondría alargar la vida saludable en aproximadamente un 5 % de la esperanza de vida, así como tener una salud propia de 40 años con 60; y por último las técnicas CRISPR/Cas9, de edición genética, para combatir genes cuya expresión en las etapas tardías de la vida suele ser indeseable, eliminando cáncer o reduciendo el riesgo de enfermedades cardiovasculares y diabetes alargando la vida en unos 15 años aproximadamente.

Los retos que plantea el transhumanismo en cuanto al potencial evolutivo o evolucionabilidad de nuestra especie puede abarcar varios aspectos. En primer lugar, en términos biológicos, el potencial evolutivo derivaría en una pérdida de variabilidad genética determinada por un menor número de nacimientos al enlentecer el recambio generacional, dada la carga que sufriría nuestro planeta si existe un desequilibrio entre mortalidad y natalidad. Si la prolongación de la vida fuese radical, los nacimientos deberían igualar las bajas por mortalidad debidas únicamente a accidentes, asesinatos, nuevas epidemias o guerras. Sin embargo, para que el aumento de la longevidad y la mejora de la calidad de vida de la senescencia tuviera realmente un potencial de evolucionabilidad, este aumento de la esperanza de vida debería afectar a la totalidad de la población humana, no única y exclusivamente a unos privilegiados. A su vez, existe otro peligro relacionado con la idea de que cada vez hayan menos niños y, consecuentemente, menos variabilidad cultural.

Si los niños son no solo receptores de información sino actores activos en la diversidad cultural en términos de aportaciones culturales, dado el ensayo/error, las nuevas ideas a los que están expuestos o que un adulto no tiene la plasticidad o la mielinización de un niño, esta reducción de la natalidad se traduciría en un menor grado de innovación cultural dada la reducción de variantes culturales (pues los adultos tendemos a la homogeneidad y a la rigidez de rutinas con el paso de los años), en una menor capacidad de diseminación cultural de nuestra especie y con ello nuestra evolucionabilidad, pues aumentaría la vulnerabilidad de la especie frente al riesgo siempre presente de extinción, se reduciría el bienestar de los individuos y también se impediría el progreso moral.

En otras palabras, la reducción del potencial evolutivo a nivel cultural se traduciría en términos biológicos porque la menor tasa de generación de nuevas ideas o habilidades se traduciría en una menor capacidad de aclimatación de toda nuestra especie ante los cambios sociales o culturales, además de otros efectos sobre el bienestar social. Las innovaciones, así como los cambios, son elementos que actúan de manera diferencial en ciertos campos como las artes o las ciencias, y el mundo nos ha enseñado que estos vienen con los cambios y confrontaciones intergeneracionales, de la experiencia de los que han llegado antes y las nuevas ideas de los que llegan después. Son necesarios también, eso sí, en el caso de investigadores que han alcanzado una edad avanzada y que han centrado toda su vida a un campo de estudio cuyos avances no habrían alcanzado tampoco si hubieran tenido una vida académica ( y no académica) más corta. Hay algunas y algunos que no tienen tiempo ni para morirse, andan muy ocupados. Será fascinante, sin duda, observar el devenir de estos años y cómo avanza este campo. También cómo nos enfrentamos a estos desafíos.

Pero tengo alguna duda al respecto. Somos tiempo y somos las personas que nos rodean, de cómo pasamos el tiempo con ellas. No me imagino un mundo de personas que tienen tiempo para todo pero para nada esencial porque no tienen prisa por morirse. Lo mejor de esta vida a veces viene de lo urgente, de lo necesario, de cómo nos relacionamos, cómo nos apasionamos y cómo erramos. No me imagino a un mundo en el que no reconozca a nadie, que no le quede nadie y que se enfrente a este mundo porque, siendo honestos, dudo mucho que todos podamos acceder a ello. No me imagino a un mundo sin niños, sin hijos, sin nietos, sin trastadas ni viajes al hospital, o un mundo en el que no me pueda despedir de mis abuelos ni mis padres.

Porque con la vida me pasa como con las buenas canciones. Son buenas no sólo por cómo empiezan, por cómo suenan o cómo se tocan. Son buenas, también, por cómo terminan y porque terminan.

Referencias:

Hinton, G.E. & Nowlan, S.J. (1987). How learning can guide evolution. Complex Systems. 1: 495–502.

King, O. D., & Masel, J. (2007). The evolution of bet-hedging adaptations to rare scenarios. Theoretical Population Biology, 72(4), 560–575.

Wagner, A. (2005). Robustness and evolvability in living systems. Princeton University Press.

Canción recomendada:

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